Es lo más difícil que he hecho en mucho tiempo. No pensarte. No sumergirme en esta mierda.
Levantar no sólo la cabeza. Sacar los pies del suelo, un momento aunque sea.
Darme de morros con una fantasía que aunque no supere a los propósitos que tenía sigue siendo mejor que la realidad.
Sobrevolar mi cuerpo sin ganas de nada, y empujarme a ver si cayendo soy capaz de apoyarme en el suelo y pillar impulso.
Desde aquí me veo, y esa no soy yo, ni de lejos. Habré perdido esas estúpidas ilusiones,
los primeros besos que aunque digan que no,
siempre son primeros, las llamadas eternas que duran lo suficiente para que se me pasen por la cabeza todas las preguntas que no me atrevo a hacerle, los demás borrosos y la imagen de él solo mirándome y asintiendo con la cabeza, mis manos temblando al contestar un mensaje, los cafés que me he tomado para no dormirme a su lado, las imágenes que se han perdido. Es cierto que he perdido todo esto, no lo niego. Pero eso no es excusa para que me quede en la cama pensando, en nada en realidad. No es excusa para evitar sonreír. Sólo me hará retroceder y volver a coger miedo. Miedo a sentir. A creer o querer. Miedo a que cualquier imbécil sepa engatusarme. ¿Pero quién no siente ese miedo alguna vez? Es peor el miedo a estar solo, que el miedo a vivir. Todos los caminos tienen espinas, y cualquiera que diga el contrario miente, y de mala manera. Yo no me miento. Lo mentalizo, pero luego parece que me vuelva idiota y me olvido de todo. Si supiera que aquel era el último beso, te juro que te hubiera arrancado los labios. Te hubiera hecho gritar. Y si tú supieras que el mundo no gira en tu entorno bajarías la mirada en vez de aguantarla cuando te miro, Si supieras que sólo eres uno más, y que acabarás muriendo en mí no te creerías tan invencible, no sabrías qué decir. Como cuando alguien competitivo pierde en algo y sólo tiene ganas de revancha. Esta será mi revancha, y las reglas del juego las creo yo. Tiempo muerto, por favor.